
Desde que leí por primera vez “Cien años de soledad” la humanidad quedó divida en dos grupos: quienes leyeron este libro y quienes no pudieron con él. Sin embargo, esta división que se gesta en algo de soberbia intelectual –lo admito- no me impide observar que muchas personas no han podido con él debido a la entreverada genealogía de esta fascinante familia que acostumbra llamar a sus descendientes con nombres repetidos, dificultando así la posibilidad de mantener la atención en los relatos y seguir el hilo de los acontecimientos.
En mi primer lectura, allá por el año 1999 y con unos cuantos García Márquez en mi haber, elaboré el árbol genealógico simultáneamente a la lectura, y si bien no me parece lo mejor de Gabo –apreciación absolutamente subjetiva- haberla releído siete años más tarde, con el “arbolito” en mano me permitió concentrar toda mi atención en los hechos, las conexiones (desde Rocamadour y la rue Dauphine hasta nombrarse a sí mismo!!) y en las ocurrencias capaces de despertar el amor y admiración ilimitados que siento por este colombiano octogenario con el cual me gustaría casarme en otra vida (o en esta si él enviudara).
Dado que entre todos mis defectos no hay lugar al egoísmo y porque me hace felíz compartir lo que amo con quienes saben apreciarlo, considero una obra de bien compartir con quienes están del otro lado la genealogía de la estirpe a fin de facilitarles su lectura y darles la bienvenida a mi bando. Parafraseando a Borges: “he dicho asombro donde otros dicen costumbre”.-
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* GARCIA MARQUEZ, Gabriel: “Cien Años de soledad”; Ed. Sudamericana; Buenos Aires, 1982; pag. 358.-

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