miércoles, 23 de julio de 2008

LA PALABRA DE MI SILENCIO

“(…) Todos los idiomas derivados del latín forman la palabra “compasión” con el prefijo “com” y la palabra passio, que significaba originalmente “padecimiento”. Esta palabra se traduce a otros idiomas, por ejemplo al checo, al polaco, al alemán, al sueco, mediante un sustantivo compuesto de un prefijo del mismo significado, seguido de la palabra “sentimiento”; en checo: sou-cit; en polaco: wspól-czucie; en alemán: Mit-gefühl; en sueco: med-känsla.
En los idiomas derivados del latín, la palabra “compasión” significa: no podemos mirar impertérritos el sufrimiento del otro; o: participamos de los sentimientos de aquel que sufre. En otra palabra, en la francesa pitié (en la inglesa pity, en la italiana pietà, etc.), que tiene aproximadamente el mismo significado, se nota incluso cierta indulgencia hacia aquel que sufre. Avoir de la pitié pour une femme significa que nuestra situación es mejor que la de la mujer, que nos inclinamos hacia ella, que nos rebajamos.
Este es el motivo por el que la palabra “compasión” o “piedad” produce desconfianza; parece que se refiere a un sentimiento malo, secundario, que no tiene mucho en común con el amor. Querer a alguien por compasión significa no quererlo de verdad.
En os idiomas que no forman la palabra “compasión” a partir de la raíz del “padecimiento” (passio), sino del sustantivo “sentimiento”, estas palabras se utilizan aproximadamente en el mismo sentido; sin embargo, es imposible afirmar que se refieran a un sentimiento secundario, malo. El secreto poder de su etimología ilumina la palabra con otra luz y le da un significado más amplio: tener compasión significa saber vivir con el otro su desgracia, pero también sentir con él cualquier otro sentimiento: alegría, angustia, felicidad, dolor. Esta compasión (en el sentido de wspólczucie, Mitgefühl, medkänsla) significa también la máxima capacidad de imaginación sensible, el arte de la telepatía sensible; es en la jerarquía de los sentimientos el sentimiento más elevado.(…).”
(1)



Existen dos tipos de silencio.
El silencio-ausencia de sonidos, que resulta prácticamente imposible toda vez que, encerrados en una habitación con aislación sonora y conteniendo la respiración, aún oiríamos el latido de nuestro corazón.
El otro silencio es la ausencia de palabras. Es un silencio asociado indistintamente a los sentimientos más maravillosos y más aterradores que puede experimentar el ser humano; esos a los que la humanidad aún no ha puesto nombre, tal vez por lo hondo que calan en el alma.
En cualquier caso, como consecuencia de un sentimiento hermoso o de uno aterrador, el silencio-ausencia de palabras genera impotencia. Impotencia al no lograr exteriorizarlo. Impotencia por quedarse sin palabras. Impotencia que se convierte en carga; y pesa mucho. Demasiado.

En estos días el horror me dejó sin palabras para exteriorizar el sentimiento. No la encontré. No sé si existe. Pero recordé a Kundera reivindicando con claridad una palabra a la que suele atribuirse connotación negativa y, sin embargo, es la única que puede dar una idea de lo que siento. Nada más.



(1) KUNDERA, Milan: “La insoportable levedad del ser”; Tusquets Editores; Buenos Aires; 2007; páginas 28/29

martes, 15 de julio de 2008

CANCION PARA UN VIEJO AMIGO*

El mejor pasaje de "El Principito" es, a mi juicio, la lección que el zorro le da acerca del término "domesticar". Le habla de su significado, de la necesidad de ritos, del tiempo que requiere y de la responsabilidad que se tiene respecto de aquello que se domestica.
El Principito tiene una rosa. La ha domesticado y ha sido domesticado por ella; esto hace que sea única en el mundo para él, y viceversa, aunque se encuentren a años luz de distancia.
Una amiga de la adolescencia me escribió: "mientras exista en el mundo alguien que te quiera y te recuerde: sos inmortal".
Independientemente de que otras personas me recuerden, mi pasaporte certero a la inmortalidad se llama Rodrigo, y para él es la letra de esta canción de Ismael Serrano que logra acariciar el alma (como siempre), especialmente hoy que es su cumpleaños, a 14.000 kilómetros de distancia física, pero nunca real.
Recuerdas los tiempos en que, viejo amigo,
ardía en tu boca la azul madrugada.
Borracha, Afrodita (1), reía y brindaba contigo
dejando el olor de su cuerpo en tu cama.
¿Dónde encallaron esos días? ¿En qué luminosas playas?
Huyendo de ti y de la aurora, escapaste
buscando en mil bares el abracadabra
que detiene el tiempo, pero regresaste
y te encontraste a ti mismo esperándote en casa.
Y el alba sincericida trajo su rutina y su ancla.
El amor es la piedra que Sísifo (2) empuja.
El mundo el cascabel de un gato asustado.
Nadie nos avisó que amar es doler,
que crecer es aprender que para regresar,
y para casi todo, es tarde,
y aquello que no fue es nuestro más leal amante.
Así que brindemos ahora viejo amigo:
que acabe este otoño y resuelva el misterio
del eclipse en tu pecho, que aún no nos rendimos.
De la noche aprendimos viejos sortilegios
que ayudan a conjurar al reloj y sus espectros.
Sísifo abandona hoy su piedra en la cima
y el gato se duerme esta noche en tus brazos.
Quizás tengan razón y amar es doler
pero quién diablos quiere regresar?!
si lo que cuenta es aprender
que no está perdido aquello que no fue.

*SERRANO, Ismaél, en su álbun "Sueños de un hombre despierto"
(1) Ver "Afrodita" en etiqueta MITOLOGIA (el hecho de que Ismael la nombre en esta canción y a su vez sea el apodo que me adjudicó otro amigo es pura coincidencia!)

(2) Ver Sísifo en etiqueta MITOLOGIA

viernes, 11 de julio de 2008

SISIFO

En la mitología griega, Sísifo fue fundador y rey de Éfira, nombre antiguo de Corinto. Era hijo de Eolo y Enarete y esposo de Mérope.
Fue promotor de la navegación y el comercio, pero también avaro y mentiroso. Recurrió a medios ilícitos, entre los que se contaba el asesinato de viajeros y caminantes, para incrementar su riqueza. Desde los tiempos de Homero, Sísifo tuvo fama de ser el más astuto de los hombres.
Antes de morir le dijo a su esposa que cuando él se marchase no ofreciera el sacrificio habitual a los muertos, así que en el infierno se quejó de que su esposa no estaba cumpliendo con sus deberes, y convenció a Hades para que le permitiese volver al mundo superior y así disuadirla. Pero cuando estuvo de nuevo en Corinto, rehusó volver de forma alguna al inframundo, hasta que allí fue devuelto a la fuerza por Hermes.
En el infierno Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de que alcanzase la cima de la colina la piedra siempre rodaba hacia abajo, y Sísifo tenía que empezar de nuevo desde el principio.
Se ha sugerido que es un castigo irónico de parte de Minos, ya que Sísifo no quería morir y nunca morirá pero a cambio de un alto precio y no descansará en paz hasta pagarlo).
Según algunos, había revelado los designios de los dioses a los mortales. De acuerdo con otros, se debió a su hábito de atacar y asesinar viajeros. También se dice aun después de viejo y ciego seguiría con su castigo.
De acuerdo con la teoría solar, Sísifo es el disco del sol que sale cada mañana y después se hunde bajo el horizonte. Otros ven en él una personificación de las olas subiendo hasta cierta altura y entonces cayendo bruscamente, o del traicionero mar.

jueves, 10 de julio de 2008

LAS MANOS EN EL FUEGO-TRISTAN E ISOLDA*

Cuenta la leyenda que Irlanda obligaba al reino de Cornualles a pagar un pesado tributo.
Tristán, sobrino de el rey Marco desafió al gigante Morold, prometido de la princesa irlandesa Isolda, a un combate para decidir la continuidad del tributo; de resultar vencedor, su reino se vería liberado del pago.
En el combate Tristán dio muerte a Morold, no sin recibir numerosas heridas de su espada que al estar impregnada con un poderoso veneno auguraba a Tristán una muerte segura.
A fin de evitarle a su tío Marco el dolor de verlo morir, el joven se lanzó a la mar en una barca. Las fuerzas de la corriente lo arrojaron contra una rocas y allí lo hallaron unos pescadores.
Enterada la doncella de Isolda, llevó al joven herido con su ama, diestra en el arte de curar. Isolda se dedicó a atenderlo y un buen día halló entre sus ropas la punta de la espada de su prometido muerto, descubriendo así la identidad de Tristán, pero se había encariñado con el joven y entonces guardó el secreto.
Curado totalmente, Tristán regresó a Cornualles para felicidad de su tío, felicidad que no fue compartida por los cortesanos que veían en el joven al heredero del reino, ya que Marco no tenía esposa ni hijos.
Una tarde en que el rey marco se hallaba en su habitación, fue sorprendido por una golondrina que arrojó un cabello dorado. El rey creyó encontrar así una solución: desposaría a la dueña de ese cabello (acá me surge un interrogante: cómo mierda sabía que eran de una “ella”?? y si fueran de un “él”??).
Tristán recordó los cabellos de Isolda y se ofreció para pedir su mano en nombre del rey. Así fue como llegó nuevamente a Irlanda.
En el camino supo de un dragón que aterrorizaba a la población, y que el rey de Irlanda había prometido la mano de Isolda a quien lograra matarlo. Creyendo que eso le facilitaría su objetivo arremetió contra el dragón logrando su cometido, quedando malherido. Nuevamente llegó a los brazos de Isolda que se dedicó a cuidarlo.
Reestablecido, se presentó ante el rey, y manifestó su deseo de ceder la mano de la princesa a su tío Marco. El rey consintió pero Isolda tomó el rechazo de Tristán como un insulto y se sintió desesperada por tener que unirse al rey Marco.
Su madre, deseosa de que su hija no fuera desdichada casandose sin querer a su esposo dio a la doncella una pósima de amor que debía hacer beber a Isolda y a Marco en la noche de bodas, pero la doncella cometió un error y el brebaje fue bebido por Isolda y Tristán quienes al instante se enamoraron (qué estupidez!!)
Lamentablemente la boda con Marco debía celebrarse y así se hizo en cuanto llegaron a Cornualles.
Los cortesanos hicieron llegar a oídos del rey que su esposa y su sobrino lo traicionaban, y para saber la verdad Marco impuso a Isolda una prueba fatal: poner las manos en el fuego, que no se quemarían si decía la verdad.
Tristán le dijo que no se preocupara, que cumpliera con lo pedido porque él se encargaría de todo.
Llevada por un fraile hasta la hoguera, Isolda juró con las manos sobre el fuego que ningún otro hombre a excepción del fraile que la acompañaba la había tocado. Sus manos salieron intactas porque el fraile era Tristán disfrazado. Ella sin saberlo pero confIando ciegamente en sus palabras había hecho lo que él pidió.
La leyenda cuenta que tristán se alejó de la corte y tiempo después, herido de muerte mandó a buscar a Isolda. Su amigo cumplió su deseo y le advirtió que si lograba que volviera con él izaría una vela blanca en la barca para que la vieran desde lejos.
Cuando se acercaba, efectivamente con Isolda a bordo, Tristán preguntó a la joven que lo cuidaba por el color de la vela, y esta, enamorada de él secretamente, dijo: “negra”.
Tristán murió de pena al instante e Isolda al llegar y hallarlo muerto lo abrazó y partió junto a él.
*Dedicado al dueño de las manos más hermosas del mundo.

viernes, 4 de julio de 2008

HAY QUE SER REALMENTE IDIOTA-JULIO CORTAZAR

El siguiente es un cuento-ensayo del Cronopio con el cual me siento asombrosamente identificada.
Dedicado muy especialmente a cada uno de los "realmente idiotas" que, como él y como yo, están en esta orilla (Ismael dixit) y no han perdido la capacidad de asombro ni de conmoverse con lo más simple.


"Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre."