lunes, 8 de septiembre de 2008

NOSOTROS Y LA HELADERA

Siempre pensé que los argentinos tenemos una mala relación con la comida, una relación enfermiza, de ¿amor-odio? Para nosotros todo gira alrededor de una mesa. No somos capaces de celebrar ningún evento sólo con mística, debemos hacerlo además con “mástica”. Todas nuestras reuniones sociales incluyen “refrigerio”; hasta los velatorios!! Es una cuestión cultural.

He notado que algunas mujeres que dicen cuidarse porque si no lo hacen engordan no tienen más temas de conversación que lo que se cocina en canal “ El Gourmet”. Sé que tanto la obesidad como los trastornos de alimentación relacionados con la anorexia y bulimia tienen raíces psicológicas que llevan a las personas a relacionarse negativamente con la comida: tanto los obesos como los anoréxicos no pueden dejar de pensar y hablar de ella. Creo que para quien cuenta calorías cada día, mirar cocinar por televisión es como estar en tratamiento para alcohólicos e ir a la exposición de vinos del Teatro Argentino!!

Hace unos años conocí a una chica que estaba en tratamiento por ser bulímica y anoréxica. Recuerdo especialmente que parte del tratamiento (estaba ya en la etapa ambulatoria en ALUBA) consistía en no tener contacto con los alimentos previo a comerlos. No podía prepararlos ella misma, y debía cumplir las cuatro comidas en horarios determinados. Más de una vez y luego de largas trasnochadas terminamos preparándole el desayuno para luego acostarnos. Supongo que mirar el canal “Gourmet” estaría absolutamente prohibido.

Si algo logra irritarme es la gente que, excedida de peso o en su peso a fuerza de matarse de hambre, ve a personas naturalmente delgadas, como quien escribe, y sentencia “vos no comés nada”. Quien hace tal comentario evidentemente no se ha sentado a una mesa conmigo… Mi tío Pablo, que me ha visto comer incontables veces, suele decir que resulta más económico regalarme ropa que invitarme a cenar, y su billetera lo ha padecido.

Lo curioso es que quienes tienen ese razonamiento son personas que están todo el día sentadas, y no ven más allá de su horizonte para entender que algunos llevamos otro estilo de vida. No engordo porque, además de tener un metabolismo y genética privilegiados en este sentido, me alimento sanamente, y esto no significa ensalada de lechuga, significa comida variada y sobre todo, a horario (no me refiero a comer puntualmente a las 13 y las 21, sino a no saltar comidas y luego arrasar con cualquier cosa de pie frente a la heladera). Almuerzo y ceno sentada a la mesa, con todo lo que puedo llegar a necesitar dispuesto antes de comenzar a fin de no tener que interrumpir el ritual. Me encantan los dulces, las masas, las tortas… pero no se me ocurre comer un super-pancho, o hamburguesas, aunque a veces me clavo un choripan.
Además, lo que consumo lo gasto: nunca fui al gimnasio pero camino mucho, y no sólo porque me gusta y me mantiene en forma sino porque despeja mi cabeza de pelotudeses que a otros los llevan a atacar la heladera. Las calorías que no quemo con actividad física la gasto con actividad cerebral. Leer un libro, resolver problemas de ingenio, es mejor que mirar cocinar por TV cosas que uno no puede comer.

He observado cuanta influencia tiene la educación recibida en la relación que se mantiene con la comida. En mi adolescencia, las chicas que vivían a dieta (aún sin ser gordas) tenían madres que vivían a dieta.
Mi amiga Gabi es naturalmente delgada como yo, y aunque no camina ni una cuadra anda todo el día así que no tiene necesidad de dietas. Cuando engorda un par de kilos, no se preocupa. La acostumbraron a sentarse a la mesa en familia, a horarios regulares. Omar, el papá de Gabi, no atiende ni el teléfono mientras come. Aún hoy, cuando ella va a almorzar con su familia respeta el horario en que normalmente lo hacen. Y esto que mamó desde la cuna sigue siendo su manera de comer aunque esté sola en su departamento. A mi me pasa algo similar.

Cuando alguien se queja de su peso, trato de que tome conciencia de la importancia de “moverse”, de respetar horarios. Y no soy tan imbecil como para no advertir que a algunos les resulta más dificultoso, que comen por ansiedad o cuando algo no les sale como esperan, pero esas son justamente las personas que no admiten comenzar una terapia paralela a su dieta que las lleve a encontrar las raíces de su relación con la comida. Excluyo, por supuesto, a quienes engordan por motivos hormonales u otros problemas de salud aunque se cuiden y la cabeza marche bien.

Hace unos días escuché por radio que a la hija de Araceli González la discriminaron para un desfile por estar gorda: ¿????!!!! (la hija de Araceli González no es gorda, es petisa, y los 1,68 que dice medir no los alcanza ni con tacos de 7 centímetros!!).
Clarín publicó el 31/08/08 una nota acerca de trastornos de alimentación (bulimia, anorexia) en jóvenes y adolescentes varones.
Hace un mes el Congreso Nacional aprobó la ley que consagra a la obesidad y enfermedades afines justamente como enfermedades, obligando a las obras sociales a costear los tratamientos pertinentes.
El tema es cada vez más grave: la hija de una amiga tiene 11 años y comenta que ya tiene compañeritas anoréxicas.
Parece que no existe término medio: o anorexia u obesidad.

Más allá de esta cultura impuesta de tener que estar delgada como la modelo de la gráfica de nuestro diseñador favorito, de la relación enfermiza que como dije tenemos los argentinos con la comida, de la falta de formación que padecemos respecto de la importancia de hacer actividad física, de la excesiva importancia que le damos a la estética, creo que hay alguna falla en el amor propio, en la autoestima, que se refleja en la actitud que tomamos respecto a nuestra propia apariencia porque es lo que está a la vista, pero en realidad va mucho más allá, pasa por otro lado. Las personas anoréxicas aún estando horriblemente delgadas se ven gordas. Creo que en realidad es otra cosa la que no les gusta de si mismas, otros detalles con los que no están conformes.

Una de las mujeres con personalidad más fascinante que conocí es una compañera del colegio secundario. Era gorda porque como solía decir era “feliz comiendo!” (y hasta le brillaban los ojos cuando lo decía!!!). Era dueña de una simpatía y una facilidad para relacionarse que cuando salíamos tenía más candidatos que cualquiera, muchos más que yo que, sin falsa modestia, era la más linda y delgada del grupo. Supongo que el secreto estaba en que tenía muy claro quien era y relativizaba la importancia de lo físico. Esa era la imagen que, además, proyectaba a los demás: seguridad acerca de ella misma, incluso de su físico al punto de vestirse con la misma ropa que las delgadas porque estaba de moda. He admirado su desfachatez. Y creo que parte de todo esto era que sabía que las personas con cerebro y corazón equilibrados no elegimos a nuestros amigos según su IMC.

El Nano dice “bienaventurados los pobres porque saben con certeza que no ha de quererles nadie por su riqueza” (1), yo agrego: bienaventurados los feos y los gordos, ya que quien los quiera no lo hará por su aspecto sino por su esencia; y esto es algo que sí me ha tocado personalmente en los casos en que algún imbécil se me ha acercado sólo para mostrarse con una mujer linda; pero el drama de los lindos es un tema que dejo para otro momento.




(1) SERRAT, Joan Manuel: en “Bienaventurados”, de su álbum homónimo.

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