miércoles, 12 de noviembre de 2008

LA MIRADA DE LOS OTROS



“(…) …le gustaba incluso el caprichoso ascensor porque le permitía unos momentos de soledad. Hasta en el coche se encontraba a gusto, porque nadie la miraba. Sí, lo más importante era que nadie la mirara. Soledad: dulce ausencia de miradas. En cierta ocasión sus dos colegas se enfermaron y ella trabajó dos semanas sola en el despacho. Comprobó con sorpresa que por la noche estaba mucho menos cansada. Supo desde entonces que las miradas son como una carga que te aplasta por el suelo o como besos que e absorben la fuerza; que las arrugas que surcan el rostro han sido grabadas por el estilete de las miradas. (…)”



KUNDERA, Milan: “La inmortalidad”; Tusquest Editores; Barcelona, 1990, Página 40.

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